La motivación del buen comunicador debe ser siempre el amor

El amor es una decisión (voy a amarle) y un compromiso (haré, lo que sea necesario para colaborar en su satisfacción, felicidad y seguridad).
Es decir, decidimos que vamos a amar al otro como nos amamos a nosotros mismos, y vamos a proporcionarle, en la medida de lo posible, todo lo que fomente su auténtica felicidad.
Si nuestra motivación es el amor, lo primero que haremos es observar al otro, mirarle con los ojos del amor. Un día puede necesitarnos para celebrar un éxito reciente; otros días, para que nos sentemos en silencio a su lado; también puede haber ocasiones en que precise nuestra ternura
Pero el amor, bien entendido, ofrecerá siempre estas dos características:

1.El regalo de uno mismo, a través  de una revelación sincera.
2 El regalo del otro, al recibirme en su corazón.

Si nos sentimos heridos por algo que ha dicho o hecho, le comunicamos nuestros sentimientos o los reprimimos por el momento. En ocasiones tendremos la duda de cuál  de las dos debemos tomar.

Se trata de un dilema que no tiene fácil solución. Si expresamos nuestra indignación, no para que el otro se sienta incómodo, sino sólo porque queremos que nos conozca, es muy posible que él lo comprenda.

No hay duda de que es mucho mejor para nosotros manifestar nuestro enfado.

Lo que no verbalizamos, lo expresamos a través de nuestra conducta, podemos correr el peligro de que el otro se quede haciendo conjeturas, ante el cambio de comportamiento. De modo que,  es sumamente probable que mis pensamientos y sentimientos reprimidos se manifiesten mediante malas caras, distanciamiento o levantamiento de muros. Todo lo que no se expresa abiertamente en una relación se convierte en una sutil fuerza destructiva.

Todos somos un profundo misterio, y no es fácil descifrar el ánimo del otro y percibir sus necesidades. A veces actuaremos a ciegas.

Por consiguiente, el amor es un «arte», no una «ciencia»; no hay fórmulas científicas precisas e infalibles que garanticen resultados definitivos. El amor es un delicado arte que requiere muchas decisiones sutiles. En algunas ocasiones nos, preguntáremos qué quiere que hagamos, o digamos.

A veces pienso que es mucho más fácil saber lo que el amor excluye que lo que requiere. Las motivaciones del amor excluyen claramente:

  • Hacer daño o castigar al otro.
  • Tomar represalias
  • Humillarle,
  • Mantenerle a distancia.
  • Manipularle para que sienta o actúe del modo que a nosotros nos gusta.
  • Desahogarnos, descargar sobre él nuestra «basura emocional».
  • Negarnos a escucharle.
  • Levantar muros entre nosotros.

«El amor —dice Pablo— es paciente y amable, nunca es celoso o envidioso, nunca es posesivo u orgulloso. El amor no es altivo, egoísta o grosero. El amor nunca se empeña en hacer las cosas a su manera. No es irritable o susceptible; no guarda rencor. El amor es fiel: se mantiene firme junto a la persona amada. Busca lo mejor y defiende con fuerza a la persona amada»

La verdad es que el amor no es sinónimo de ingenuidad. Uno de los principales mandamientos divinos es «amar al prójimo como a nosotros mismos».; el amor a nosotros mismos nos pide que salgamos de nosotros para descifrar el estado de ánimo del amado y percibir sus necesidades, pero no nos pide que le dejemos convertirse en un dictador despótico o en un tirano emocional, porque ello no contribuiría a la felicidad de ninguno de los dos.

Si alguien comienza a agredirnos verbalmente o intenta manipularnos, y nosotros, en vez de expresar lo que nos duele, sonreímos para seguir recibiendo el castigo, no estaríamos ni amándonos a nosotros mismos ni amando a esa persona.

La comunicación nos exige:

  • La sinceridad con nosotros mismos.
  • La aceptación de la responsabilidad de nuestras acciones,
  • La humildad de saber que sólo podemos exponer nuestra verdad, que no podemos pretender poseer toda la verdad.
  • Una exposición sincera de todos nuestros sentimientos.
  • La disposición a compartir nuestra propia vulnerabilidad.
  • Un corazón que agradezca la disposición de los demás a escucharnos.
  • La certeza de que no podemos juzgar a los demás.
  • El esfuerzo por comprender no sólo las palabras, sino también su significado; la escucha con la cabeza y con el corazón.
  • El reconocimiento de nuestros fallos y la disculpa ante aquellos a los que hayamos herido.
  • Hablar y escuchar siempre y sólo por amor.

La mayoría tenemos que desprendernos de nuestros viejos hábitos y adquirir los nuevos hábitos comunicativos; debemos cambiar, y no podemos estar seguros de que lo conseguiremos.

En la pantalla de la imaginación se puede proyectar una película de uno mismo donde el titulo seria; Como me gustaría ser.

  • Soy sincero consigo mismo;
  • Digo las cosas como son;
  • Asumo la responsabilidad de todas mis emociones y comportamiento
  • Que estoy haciendo para conseguirlo o solo se queda en pensamientos

La comunicación en la pareja nos debe servir para que el otro me ayude a convertirme en cómo me gustaría ser: “Ayúdame a ser autentico”.

Si no soy auténtico, no soy nada. Mi vida no será más que una comedia. No hay que olvidar que a todos nos gusta ser como nos parió nuestra madre

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